Susana Malcorra, presidenta de GWL Voices.

Susana Malcorra, presidenta de GWL Voices. Cedida

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Susana Malcorra, presidenta de GWL Voices: "Tenemos que poner una mirada feminista a la solución de los problemas”

Magas conversa con quien fue jefa del Gabinete de la Secretaría General de Naciones Unidas durante la época de Ban Ki-moon.

1 octubre, 2023 02:14

"Las mujeres empoderadas metemos miedo porque quienes tienen la tarta en sus manos no quieren perderla", asegura la cofundadora de GWL Voices y exministra de Asuntos Exteriores de Argentina. Susana Malcorra predica a favor de la mujer como partícipe del multilateralismo y que la próxima Secretaría General de la ONU se escriba en femenino.

Conocí a Susana Malcorra en el acto de graduación de la última promoción de Women to Watch, de PWC, como alumni que soy. Su discurso me impactó. Por la claridad de conceptos, por su valentía y su historia, larga, que por hacerla corta diré que pasó de 25 años en el sector privado, gran parte como CEO de Telecom Argentina, a Naciones Unidas, para culminar políticamente como ministra de Asuntos Exteriores de Argentina durante el gobierno de Macri.

La busqué para entender su recorrido, para aprender de ella, para hablar con esta nieta de vascos, ocho apellidos incluidos, sobre multilateralismo, sobre influencia política, liderazgo, incluso sobre el ámbito personal que le ha traído a España donde por fin se ha reunido con su marido que, argentino también, lleva viviendo aquí desde 2010 dedicado a los satélites.

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Hoy Susana sigue impulsando el multilateralismo femenino desde la organización GWL Voices, que fundó junto a Helen Clark, la primera ministra de Nueva Zelanda entre 1999 y 2008; e Irina Bokova, directora general de la UNESCO entre 2009 y 2017. De esta hoy forman parte 65 mujeres que han tenido responsabilidades de Gobierno. Entre ellas, se cuentan tres españolas: Ana Palacio, Arancha González Laya, ambas exministras de Asuntos Exteriores; y Cristina Gallach, comisionada especial para la Alianza por la Nueva Economía de la Lengua.

Malcorra se enorgullece de haber vivido en ambos mundos. Y no, no hablamos del nuevo y el viejo continente, sino el privado y el público. "Las experiencias, las capacidades y los atributos de uno y otro son totalmente distintos.Y si el sector privado y el público no dialogan apropiadamente, si no se comprenden, es muy difícil llevar adelante políticas públicas que realmente sirvan", afirma.

"Ahora hay una enorme desconfianza de un lado hacia el otro. Y según mi vivencia, las experiencias de ambos son totalmente enriquecedoras, cada una con características propias que pueden ayudarte a tener impacto, a transformar; eso es el liderazgo para mí. Cuanto más entiendes lo que significa esa interrelación, más capacidad de impacto tienes", continúa.

Pregunta: ¿Cómo se traslada esa experiencia a un Ministerio?

Respuesta: Macri era muy de sector privado. Yo le decía, ojo, hay que tener las dos cosas, porque en el sector privado dos más dos son cuatro. En el público puede que sea tres, nueves o cuatro, y que esté bien, porque hay consideraciones no precisas de la sociedad que tienes que tener en cuenta para tomar decisiones.

P.: Si consideras solo lo privado, básicamente hablas de beneficio empresarial.

R.: En lo público interviene igualmente el de las personas. Y entonces ahí es donde entra ese 0,1 que puede alterar la suma. Eso es muy importante tenerlo en cuenta cuando se habla de la colaboración público-privada, que debe tener mucho más foco en las personas.
 
P.: Cierto es que hoy, con una visión más sostenible, también las empresas están cambiando su estrategia de crear valor solo para los accionistas pasando a crearlo para todos los grupos de interés, accionistas incluidos, faltaría más.

R.: Para mí eso es fundamental. Y fíjate que visto desde Argentina, donde hay una situación económica enormemente compleja, para ser una empresa exitosa necesitas esa visión. Evidentemente, los accionistas son un grupo de interés privilegiado inicial, sin el que no existe la compañía. Si te pones en el extremismo de decir son todos iguales estás cometiendo un error. Pero si lo consideras de manera holística, empiezas a tomar decisiones de formas distintas.

Susana Malcorra durante su juramento como ministra.

Susana Malcorra durante su juramento como ministra. Cedida

P.: ¿En cuál de los sectores te has sentido más a gusto?

R.: Yo me sentí muy bien en cada etapa de mi vida. Cuando fui CEO de Telecom Argentina con 47 años, me sentí muy bien. Estábamos cambiando el país, conectándolo con el mundo. Muy, muy bien. Cuando pasé de ahí al multilateralismo, a través del Programa Mundial de Alimentos en Roma, y a los tres meses me tocó manejar el tsunami de 2004, sentí lo que era la presión de salvar vidas.

Ahí descubrí otra Susana, descubrí otra realidad y me sentí increíblemente bien. Me sentí en mi piel y recorrí el mundo viendo las cosas más terribles que te puedas imaginar, pero sintiendo que podía hacer algo diferente. Y me pareció que era lo máximo. Y después mi Secretario General me ofreció pasar a las fuerzas de paz. Y de nuevo fue otra experiencia increíble. Como también, más tarde, ser jefa de Gabinete de Naciones Unidas, que al principio no me parecía que era lo mío.

P.: ¿Por qué esa desconfianza?

R.: El jefe de Gabinete es el dueño de todo y de nada al mismo tiempo; tiene que hacer que los demás hagan. Cuando las cosas son exitosas, los éxitos son de los demás. Y cuando andan mal, es un problema del jefe de Gabinete. Yo no estaba segura de tener el perfil. Pero por suerte asumir esa responsabilidad fue maravilloso. Estar en la cocina del mundo al más alto nivel, ver cómo funciona el Consejo de Seguridad, cómo funcionan las tensiones entre los países fue absolutamente increíble. Y ser ministra de Asuntos Exteriores de mi país fue otra experiencia extraordinaria.
 
P.: ¿Cuál es la Susana más transformadora?

R.: Probablemente la más transformadora de alto impacto fue la jefatura de Gabinete. Como ministra, también siento que hice mucho. Nosotros entramos a la Administración con una Argentina aislada del mundo, y mi compromiso con el Presidente fue abrir las puertas del país, y llevamos a líderes mundiales de 25 naciones en cinco o seis meses, incluido Obama. Fue todo un récord. Logramos la presidencia del G20, que Buenos Aires fuera elegida sede de la COP. Logramos muchísimas cosas después de haber estado Argentina en un periodo de oscurantismo a nivel internacional.
 
P.: ¿Cómo fue vivir el tsunami

R.: Cuando lo que hace uno se mide en vidas o muertes, no hay presión más grande. Me llamaron a eso de las 05:30 y me dijeron 'vente porque ha pasado algo muy gordo. Todavía no lo tenemos muy claro, pero algo muy gordo en Indonesia'. En realidad tuvo un impacto internacional, en 14 países, incluso tuvo un impacto importante en Europa, porque había mucha gente de vacaciones; hubo muchos muertos europeos. Es increíble cuando desaparece todo y tú tienes que llegar a la gente. Tuvimos que implementar la llegada a través de barcos desde la costa para poder suministrar a la gente lo mínimo para sobrevivir. Fue un shock.
 
P.: Y una vivencia transformadora. ¿Qué sacó de ti?

R.: Varias cosas. Primero, yo encaré esto con un miedo enorme porque solo hacía tres meses que estaba en Naciones Unidas, en el Programa Mundial de Alimentos. La primera cosa que descubrí es que usé toda mi experiencia anterior y la volqué con una mezcla de convicción de lo que había que hacer como gestión y de mucho respeto para escuchar a los colegas que tenían vivencias dentro del programa. La segunda cosa, una profunda satisfacción de sentir el impacto. Porque muchas veces uno trabaja y se siente satisfecho, pero lo que hace es un poco intangible. Acá sentías el impacto, lo tocabas y lo veías.  

Susana, que estudió ingeniería, confiesa que fue activista política hasta que se lo permitió la dictadura argentina. Había que retirarse del activismo si no querías que te retiraran para siempre: "La mayoría de mis compañeros desaparecieron". Haciendo carrera en el sector privado, se reconoce que andaba absolutamente orientada al resultado, aunque sintiera que "algo me había quedado inconcluso". Empezó a concluirlo en Naciones Unidas. "Descubrí que había otra manera de hacer activismo, en mi caso a través de la cooperación profesional". 

P.: Supongo que ser ministra significó concluir ese activismo definitivamente.

R.: Cuando me ofrecieron la cancillería argentina, acepté porque me pareció que era terminar el ciclo de aquello que me había quedado pendiente. Sentí que era devolver algo a mi país, a través de mi experiencia de 12 años en Naciones Unidas. Era como cerrar un círculo que me había quedado abierto, ¿no?
 
P.: Eso es tener vocación de servicio público.

R.: Aunque yo vengo después de mayo del 68, soy un producto de aquello. Hay un activismo político ideológico que se quedó a mitad de camino, que no logró concretar las transformaciones. En mi país la lucha se llevó a un nivel de terrible enfrentamiento guerrillero, con el que nunca puedes hacer transformaciones. A mí me parece que los chicos de hoy que son menos ideológicos, más de causas, por ejemplo con la sostenibilidad, pueden producir las transformaciones.
 
P.: En política, ¿cuáles han sido tus líneas rojas?  

R.: Creo enormemente en la flexibilidad, en aceptar lo diverso, otras opiniones, otros puntos de vista. Pero uno debe tener un eje de ética y moral, de principios, ese que te permite evaluar en cada circunstancia si lo que se te presenta es o no aceptable. En muchas ocasiones he dicho esto no lo voy a hacer. Y te voy a dar un ejemplo del sector privado. Cuando se produjo la crisis del 2001, los accionistas de Telecom querían hacer una spin-off de la compañía celular, que era la que tenía más valor. Eso iba a afectar negativamente a los accionistas minoritarios. Y yo me opuse y eso provocó que me marchara. ¡Claro que podían hacerlo dentro de una cierta legalidad, pero no era legítimo!
 
P.: Lo legal no siempre es legítimo. 

R.: Exactamente. Te pongo un ejemplo en la política. Cuando Dilma Rousseff fue destituida como presidenta de Brasil en 2016, obviamente el gobierno de Macri no tenía la misma ideología que el del Partido de los Trabajadores que ella presidía. Pero lo que se se le hizo fue absolutamente ilegítimo. Yo, como ministra de Relaciones Exteriores, dije públicamente que el proceso podía haber sido legal pero las formas fueron ilegítimas. Además, eso reverberó en toda la región. Me llamó Macri y me preguntó: '¿Era necesario que lo dijeras?'. Y le contesté que para él probablemente no, pero para mí, sí. Un par de años después, me encontré con ella, y me abrazó y me agradeció que en un momento en el cual nadie abría la boca yo me hubiera atrevido a hablar.

Otro ejemplo: me senté a negociar con el líder rebelde en el Congo, el general Makenga, un señor que había matado a cientos de personas. Y no me senté porque me sintiera cómoda, sino porque había que lograr que frenasen las atrocidades. Estuvimos reunidos cuatro horas. Te lo cuento porque creo que es fundamental y porque falta en este momento el reconocimiento de que hay que sentarse con el otro para resolver los problemas. No hay otra forma.

Lo primero que hice fue preguntarle por su familia. Pero antes él me dijo 'usted ha tomado mucho riesgo para venir acá'. Lo miré y le dije que él sabía muy bien que había garantías detrás. Y me dijo que no se refería a eso, sino a la Corte Internacional de Justicia, pues como funcionaria de Naciones Unidas no debería estar hablando con él. Le contesté que La Corte ponía límites en tanto y en cuanto no tuviera que ver con mejorar la situación en el terreno, que es lo que yo estaba intentando.

A partir de ahí, me contó de su madre, de su mujer, de sus hijos, dónde tenía su granja, las promesas que les habían hecho, que nunca se habían cumplido. Todas cosas ciertas que a mí me sirvieron para después poder escribir el acuerdo que firmaron. Lo fundamental era que detuvieran las barbaridades que estaban haciendo y escuchar al otro y hacer entender al otro que era necesario encontrar una salida común. Y eso generó casi diez años de paz en el país.

Susana Malcorra durante un viaje oficial.

Susana Malcorra durante un viaje oficial. Cedida

R.: Mi experiencia me dice que siempre hay una oportunidad. Yo no sé lo suficiente de psicología para decirte que todos los seres humanos tenemos algo bueno, pero mi intuición me dice que siempre hay un lugar al que agarrarte.

P.: Hay que tener la vocación de encontrarlo. 

R.: Si yo tuviera que decirte lo que me falta en el mundo actual es eso. Es esa vocación para encontrar una solución a cada problema.
 
P.: En la última conferencia del GWL Voices se habló de hipocresía. Si nos referimos a las mujeres y a la igualdad, ¿crees que se está predicando pero no trabajando a fondo?

R.: No solo no se está trabajando a fondo, sino que hay una ola de retroceso. Yo creo que hay grupos conservadores que sienten que se ha avanzado demasiado y que es el momento de ir para atrás. Lo ves en Estados Unidos, pero también en muchas naciones de Europa. Ni que decir de lo que está pasando en los países musulmanes, donde en muchos, no todos, pero en muchos hay una contracorriente enorme.

P.: ¿Cuál crees que es la razón?

R.: Las mujeres empoderadas metemos miedo por una sola razón: los que tienen la tarta en sus manos no quieren perderla. No entienden que esto puede ser ampliable. Yo estoy convencida de que hay una enorme hipocresía y una corriente que está planeada, pensada y para la cual tenemos que estar muy preparados.
 
P.: ¿Qué podemos hacer?

R.: Primero, estar muy vigilantes, ser muy conscientes. Muchas veces me preocupa que las chicas jóvenes den por sentado muchas cosas. Nada, nada, puede darse por sentado. Fíjate lo que está pasando con el aborto en Estados Unidos…Y hay que estar, hay que ser, activos, activas y activistas. Y, por supuesto, tienen que haber políticas públicas..
 
P.: ¿Podríamos decir que necesitamos un nuevo Beijing? 

R.: Me encanta que me digas eso. Refundar Beijing es fundamental. Estamos en un momento de tensiones enormes y las mujeres hemos pasado a ser moneda de cambio de otras discusiones.

P.: ¿Debería haber una mujer Secretaria General de la ONU?

R.: Definitivamente.
 
P.: ¿Bachelet?

R.: Podría ser Michelle perfectamente. La elección será dentro de tres años y pico, pero tiene que ser una mujer, no me cabe ninguna duda. Yo competí para serlo. Cuando António Guterres ganó en 2017, había siete mujeres candidatas, y en ese momento se hablaba del secretario general o la secretaria general. El grupo que yo presido solo habla de la próxima Secretaria General. Ya no hay que plantearse la alternativa, porque tenemos que poner una mirada feminista a la resolución de los problemas.

Y, sí, es cierto que las mujeres y los hombres aproximamos los temas desde ángulos distintos. Por ejemplo, hay un incremento de belicismo impresionante. Y no solo por Ucrania. Por tanto, tenemos un incremento tremendo de los presupuestos de defensa que se están comiendo los sociales, los presupuestos de desarrollo, las inversiones en cambio climático. Y ese enorme crecimiento bélico es muy masculino. Es difícil generalizar; no todas las mujeres son feministas, así como hay hombres que sí lo son. Pero en términos generales la visión de la mujer es de construcción de puentes. Y eso es lo que necesitamos.
 
P.: Si fueras Secretaria General, ¿cuál sería tu primera decisión?

R.: Eso está totalmente fuera de consideración. Pero tendría mucho que ver con Ucrania, porque está tiñendo el resto del Este. El Secretario General o la Secretaria General, en este caso es más secretaria que general. No es la presidenta del mundo, pero puede generar espacios de intercambio que muchas veces no son o no tienen por qué ser públicos, pueden ser privados. Hay que generar espacios de intercambio para reposicionar a Naciones Unidas, que yo creo que en la opinión pública ha perdido muchísimo espacio. También es fundamental trabajar sobre todos los conflictos olvidados que Ucrania ha puesto a la cola de todo.

Susana Malcorra en la sala del Consejo de Seguridad de la ONU.

Susana Malcorra en la sala del Consejo de Seguridad de la ONU.

P.: ¿Estás a favor de las cuotas?

R.: Yo soy hija única. Mis padres no tenían más alternativa que poner todas sus expectativas en mí. Vengo de una familia de trabajadores, hijos de inmigrantes. En mi casa no había ninguna duda de que yo iba a ir a la universidad. Es más, mi padre ya había decidido que iba a ser pediatra porque le parecía que medicina era una buena carrera, pero que la pediatría estaba más cercana a una mujer. No había ninguna duda.

Tenían la convicción de que todo dependía de mí y de mis capacidades y que mis méritos eran suficientes. Y yo me lo creí profundamente. Hasta que fui a buscar mi primer trabajo como ingeniera. Iba recomendada por un gran profesional. Me hicieron cuatro entrevistas y a la quinta me llamó el director de Recursos Humanos para decirme que no me iban a tomar porque era mujer. Y yo le pregunté si no se le había ocurrido mirar mi ficha el primer día. Decía Susana Malcorra.

Después, a lo largo de mi carrera, me convencí de que para que las cosas cambien tiene que haber políticas propositivas, incluyendo el tema de las cuotas. No me cabe duda. Y cuando me dicen que eso puede significar que haya mujeres que hagan carrera sin tener las mayores capacidades, yo contesto que hay tantos hombres que llegan sin tener capacidad que no me molestaría que hubiera alguna mujer.
 
P.: En tu libro Pasión por el resultado (Paidós, 2018), hablas del liderazgo femenino ante las grandes decisiones. ¿Cómo es ese liderazgo?

R.: Yo pongo mucho énfasis en la empatía. Creo que es una característica femenina, si bien hay hombres que la tienen, como mi marido. ¿Por qué me parece importante? Porque cuando tienes que tomar decisiones difíciles, grandes decisiones, siempre con muy poca información, sentir a los otros, detectar dónde están los otros es fundamental y eso es empatía. La segunda cosa es mucho trabajo. Esto de que el liderazgo es como maná que cae del cielo no existe. Es trabajar todos los santos días. No queda otra. Y también definitivamente es importante ser fiel a ti mismo.
 
P.: ¿Crees que las mujeres tenemos más capacidad para encarar el mundo actual?

R.: Los hombres son muy lineales analizando las cosas. Nunca supe por qué, pero las mujeres analizamos las cosas en paralelo. Probablemente porque nos prepararon para ser madres, para estar cocinando, teniendo un chico acá, hablando por teléfono, fijándote en que el otro no meta los dedos en el enchufe… y llegar a fin de mes. Puede que todo eso influya en que seamos capaces de analizar interdependencias de una manera muy natural. Y a mí me parece que esa condición es fundamental en el mundo de hoy, ya sea en el de los negocios, en el de la política o en el internacional.  

P.: Todo esto me lleva a pensar en otra palabra: diversidad. ¿Te gusta que a las mujeres nos metan en el saco de la diversidad?

R.: Yo creo en el respeto a las minorías de cualquier tipo, los pueblos originarios, los afrodescendientes, el colectivo LGTBI… Todas las minorías necesitan ser respetadas. Las mujeres no somos una minoría en realidad. Por eso no hay que confundir una cosa con la otra. La defensa de las mujeres no es la defensa de un colectivo, de una minoría. Es la defensa del derecho de la mitad de la sociedad, en realidad del 52% de la población.
  
P.: ¿Cómo se siente una argentina, aunque tenga apellidos vascos, viviendo en España?

R.: Es una experiencia maravillosa. Cuando los españoles se quejan de España, yo les digo que no saben de lo que están hablando. Me preocupa la fractura que existe y que no es una que permita construir la mejor España. Aunque no es un problema solo de aquí; es un problema mundial. Y uno puede entender que hay una parte importante de la sociedad que está frustrada porque siente que las expectativas hacia el futuro no son las que podrían llegar a ser. Sobre todo mucha gente joven.

Para que el futuro sea mejor, hay que resolver problemas enormemente complejos. Y la disrupción de la tecnología lo agrava, porque va a haber un movimiento del trabajo que no podemos medir. Eso hace que ideas extremas con respuestas fáciles empiecen a tomar raíz, sobre todo de extrema derecha. Y eso hace que el discurso político se vuelva más intolerante.

A mí me parece que ahí es fundamental que haya liderazgos que reconozcan que las respuestas no son fáciles, que hagan un trabajo de educar, de transmitir la dificultad del momento y que al mismo tiempo, desde el Gobierno, sean capaces de invertir en las cosas necesarias. Uno de los problemas es que las soluciones que necesitamos son soluciones de largo plazo, cuyo retorno no se ve antes de la siguientes elecciones.

P.: Probablemente hay que hacer más política y menos demoscopia. 

R.: Esto no es solo aplicable a España, sino a todo el mundo. Los políticos en general compiten por llegar a la silla de la presidencia y lo hacen con las armas que tienen, sin pensar que después de eso hay que gobernar, y que para gobernar hay que hacer acuerdos importantes.
 
P.: ¿Cuáles dirías que han sido tus principales éxitos y algún fracaso?

R.: Sentí como un enorme fracaso que el directorio me pidiera dejar la dirección general de Telecom Argentina. La gente que me quería bien pensaba que iba a sufrir una depresión porque era la tercera empresa de la Argentina y estaba manejada por una mujer. Había toda una simbología y yo tenía una imagen pública muy, muy, grande. Y de repente, cuando dejas esos puestos pasas a ser la nada misma. No te llama nadie.

Con el tiempo me di cuenta de que había cerrado una etapa, pero en su momento fue un golpe. Pero también me sirvió para descubrir cosas como mi concepción del poder. A mí no me importa nada el poder, me importa la capacidad de hacer, de impactar, de lograr resultados. Así que cuando perdí los oropeles no sufrí por ellos. Descubrí las dos caras de la moneda de la vida, los éxitos y los fracasos, y la oportunidad de reinventarme. Porque cuando me fui a Naciones Unidas me fui a un mundo totalmente distinto, donde podría haber sido un desastre.  

P.: ¿Cómo fue ese proceso?

R.: Yo entré en Naciones Unidas sin referencia política de ningún tipo. Un head hunter estaba haciendo la búsqueda de una mujer latinoamericana, lo cual me sorprendió. Aprendí que las Naciones Unidas tienen en cuenta la diversidad geográfica. No había en el Programa Mundial de Alimentos ninguna persona de Latinoamérica. Y además buscaban una mujer. Yo miré lo que era y me pareció interesante. Y cuando les dije, 'bueno, pongan mi nombre', me contestaron: 'no tenés ninguna chance', que es lo peor que me puedes decir a mí. Y seis, ocho meses después, tras 11 entrevistas, el director ejecutivo me contactó y me dijo que si aún seguía interesada el puesto era mío.

P.: ¿Alguna vez has tenido la tentación de tirar la toalla?

R.: Si en algún momento ha ocurrido, me ha durado poquito.