Crónica

El día en que gritamos ni una menos en Ciudad Juárez

Crónica Lydia Cacho

A 30 años de que comenzaran a documentarse los feminicidios Lydia Cacho escribe la crónica del terror.

Fecha de publicación:
Texto Lydia Cacho

El día en que gritamos ni una menos.

Una tarde de mayo de 1993 sonó el teléfono de casa, mi esposo Salvador respondió, ambos sonreíamos, estábamos de vuelta de un viaje de buceo para celebrar mis recién cumplidos 30 años. Cogí el auricular y al otro lado escuché la voz de Lorena, una amiga que conocí en Cancún y que había vuelto a su ciudad natal en Chihuahua, al norte de México, para ejercer su profesión como psicóloga. Estaban sucediendo cosas extrañas en Ciudad Juárez, me dijo consternada, dos pacientes suyas querían que periodistas de otros rincones del país fueran a documentar los extraños asesinatos de chicas jóvenes que primero desaparecían y después, en algunos casos, la policía reportaba como asesinadas. Prometí planear un viaje para documentarlo. Sería la primera vez en mi vida que entraría a investigar homicidios (así se llamaban los delitos de asesinatos de personas sin importar su género), debía prepararme.

Imagen de la crónica de Lydia Cacho

Busqué a la abogada feminista Lucha Castro, nativa de Chihuahua a quien conocí en 1990, ella había participado con otras feministas en documentar la oleada de violencia mortal contra jovencitas en Ciudad Juárez. Lucha me respondió de inmediato, sí, me dijo, vente a Juárez porque aquí el narco tiene asustada a la prensa. Muy pocas se atreven a meterse para entender lo que sucede. No, respondió, no sabemos si es un asesino serial, creemos que es algo diferente.

Llegué a Juárez por la mañana, un taxista de confianza fue por mí al aeropuerto. Guarde su cámara señorita, me dijo, que no vean que es reportera, aquí la plaza está rete caliente. De inmediato guardé mi Canon EOS, sabía que el peligroso capo Amado Carrillo Fuentes, conocido como El señor de los cielos, tenía el control de la ciudad a través del narcotráfico y su sociedad con los narcos colombianos. Llegamos a casa de mi amiga Lorena, ella se rehusaba a que estuviese sola en un hotel. Esa tarde mi vida cambió para siempre, lo que contaban las familias de las desaparecidas parecía salido de un thriller policíaco.

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En mis visitas subsiguientes siempre me hospedé en hoteles, no podía poner en riesgo a mi amiga, pues desde mi primer viaje recibí advertencias, junto a reporteras locales, de no meternos en territorio de narcos y policías. Fue entonces que conocí a Esther Chávez Cano, una feminista que comenzó a registrar en una libreta todos y cada uno de los hechos públicos de violencia extrema contra las mujeres; en aquellos tiempos le llamaban violencia intrafamiliar. Convocó a otras a crear la colectiva Casa Amiga que más tarde se convertiría en una casa de acogida para víctimas y el un centro de investigación de violencia de género.

Ella me presentó a las madres de chicas desaparecidas, escuché sus historias, les tomé fotografías, algunas lloraron y otras mostraron rabia. Allí descubrí la fuerza de las madres huérfanas de sus hijas. Entre mayo y octubre de ese 1993 volví a Juárez varias veces y las acompañé a la fiscalía para escuchar cómo la policía describía que habían encontrado ya 10 cuerpos sin vida de chicas de entre 13 y 22 años. Las encontraron tiradas en el desierto, con signos de una violencia sádica insoportable.

Llegado diciembre de ese mismo año ya había 25 chicas asesinadas de la misma forma, yo releía una y otra vez sus nombres y miraba sus fotografías, nunca fueron números, eran camas vacías llenas de muñecos de peluche, eran vestidos colgados en el armario esperando a su dueña, eran pequeños rosarios y vírgenes de Guadalupe en la cómoda de una habitación de adolescente.

Imagen de la crónica de Lydia Cacho

Empresarios y políticos comenzaron a negar que esos asesinatos tuviesen relación con el machismo, con el odio a las mujeres libres, con la explotación laboral de las maquiladoras en que casi todas ellas trabajaban. Las reporteras publicábamos la evidencia: había un creciente patrón de violencia machista, las secuestraban, las violaban y las mataban. Los agresores eran hombres y las víctimas mujeres. Dijimos entonces que había que actuar porque aumentaría la rabia machista contra las mujeres libres. Nos llamaron locas.

Para 1995 había 100 casos iguales. Diez años después de ese mayo de 1993 Amnistía Internacional México sacó el primer informe “Muertes Intolerables”: 370 mujeres jóvenes asesinadas, 137 con violencia sexual sádica, 70 chicas más estaban desaparecidas. Las autoridades volvieron a descalificar los hechos, a negar la violencia contra mujeres.

Las madres y las feministas comenzaron a sembrar cruces rosas en el desierto, cada una con el nombre de una chica desaparecida. En 1999 el Procurador de Justicia anunció que era culpa de las víctimas porque salían a las calles de noche, que había hombres bebedores. Otros hombres hicieron eco responsabilizando a las muertas; mientras tanto ya en todo el país resonaba el grito “Ni Una Menos”. En noviembre de 2001 aparecieron ocho mujeres asesinadas en el campo algodonero frente al Sindicato de Trabajadoras de la Maquila en que trabajaban ellas.

Imagen de la crónica de Lydia Cacho

En 2002 fui a Ciudad Juárez a documentar y fotografiar el Éxodo de Mujeres de Negro creado por el Frente de Mujeres Contra la Violencia, encabezado por la abogada Lucha Castro con Graciela Ramos, Irma Campos y Estela Fernández. Ese fue el año en que se unieron con Norma Ledezma y las madres de las chicas desaparecidas o asesinadas para crear la primera organización de defensa jurídica integral para víctimas de violencia feminicida. Nos hicimos amigas en la primera reunión para la creación de la Red Nacional de Refugios para Mujeres y juntas comenzamos a hablar de estrategias de medios para que se hablara sobre el tema de forma correcta. Había que educarnos y educar sobre los nuevos lenguajes para que los proyectos de ley funcionaran y señalar las causas y a los culpables. Éramos entonces más de 50 reporteras alejándonos del lenguaje del periodismo de sucesos plagado de lenguaje sexista y revictimizador.

Marisela Escobedo perdió a su hija, asesinada por su joven pareja, un chico metido en el narcotráfico. Entonces ella le persiguió judicialmente, le llevó a juicio, resultó culpable y lo liberaron. Marisela era una mujer sólida, amorosa y valiente. Terminamos tejiendo una amistad mientras seguíamos su caso a cada paso en las cortes internacionales. Un día el asesino de su hija la mató a balazos frente al palacio de gobierno. El mensaje era claro: asesinamos mujeres porque nos desobedecen y el gobierno nos protegerá con su negacionismo. Las mujeres pusieron allí una enorme cruz de clavos, con el nombre de cada chica en cada clavo.

En 2010, Lucha Castro lideró la defensa para esclarecer el asesinato Marisela Escobedo. Entonces el gobierno (o los narcos feminicidas), quitaron la Cruz de Clavos con los nombres de las víctimas y Lucha me dijo, tienes que venir pues volveremos a poner la cruz y le pondremos una placa de bronce con el nombre de Marisela a la entrada del palacio de gobierno para que cada vez que el gobernador pase pise la calle recuerde que es cómplice de los feminicidios. Mis escoltas armados se rehusaron a ir a Ciudad Juárez, yo tenía amenazas y estaban seguros de que era un blanco fácil; pero no era momento para pensar en lo individual. Esa mañana, en plena calle Lucha me dio un ramo de flores para ponerlas junto a la placa frente a palacio de gobierno y antes de que llegara la prensa local me dijo al oído: “amiga, no vamos a llorar ahorita, luego nos tomamos un tequila y chillamos todas juntas, ahora pura dignidad”. Y así fue.

Imagen de la crónica de Lydia Cacho

Ya en 2009 la Corte Interamericana de Derechos Humanos había determinado que el Estado Mexicano era responsable de la desaparición y muerte de las jóvenes y estableció formalmente que el móvil de estos asesinatos era la violencia de género, por tanto, eran en realidad feminicidios. Se ordenó crear estrategias efectivas para atajar ese delito y sus orígenes.

Madres como Norma, Claudia y Margarita recibieron frente a nosotras los restos óseos de sus hijas envueltos en bolsas de plástico. Un fémur, un húmero o una pelvis fue lo que abrazaron y enterraron en ceremonias para decir adiós a sus pequeñas. A lo largo de treinta años han sido miles de mujeres valientes las que crearon conciencia sobre un fenómeno mortal que, advirtieron desde 1993, podría convertirse en una respuesta normalizada de los hombres que elegían la violencia mortal y vicaria como camino frente a las mujeres que querían libertad y derechos.
Desde entonces las leyes cambiaron gracias a las colectivas feministas, a juristas y hombres que usaron su talento y poder para acompañar la lucha por crear leyes que reconocieran la razón, en origen y los motivos de la creciente violencia mortal contra las mujeres.
Lo negaron tanto y aquí seguimos. Hoy en día, agosto 2023, en México hay 10 feminicidios diarios.

Durante la grabación de nuestro podcast de true crime La Nota Roja, que narra treinta años de feminicidios en Chihuahua, citamos la reflexión del Dr. Scott Frank, que viene al caso para terminar esta crónica. Frank dice que nunca hay una sola causa de muerte. Decimos entonces que en una chica asesinada la causa médica es la asfixia, pero la causa real es el secuestro y la violación y la causa verdadera es el contexto social que desencadena las primeras dos causas. El contexto social de permisividad e impunidad junto a ese machismo cultural que desde el poder decreta que toda violencia y amenaza de muerte contra una mujer o niña es aceptable porque son ellas, con su grito de libertad, quienes rompieron el milenario contrato social de la sumisión femenina ante los hombres, inventado por ellos hace siglos, renovado hoy en día por los patriarcas de la crueldad que desde el poder conservador quieren que ellas vuelvan a la cocina, al silencio, a la opresión.
Sin embargo, millones de mujeres siguen trabajando por la igualdad al grito de #NiUnaMenos ese grito que es ahora universal.

Imagen de la crónica de Lydia Cacho